jueves, 26 de julio de 2018

El parque San Juan, de centro neurálgico del Carnaval al olvido absoluto

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Escenario carnaval en el parque San Juan
Llamado a ser uno de los mayores y más atractivos parques urbanos de Canarias –de hecho durante algún tiempo lo fue–, el recinto verde de San Juan presenta hoy, con la mayoría de edad ya cumplida, una panorámica en la que el deterioro, la falta de mantenimiento, la desidia y el vandalismo son la tónica dominante.

El mal estado en el que se encuentran los parques y la zonas infantiles de juego de la ciudad de Telde no es ningún secreto por descubrir. De los grandes recintos verdes del municipio no se salvan de este estigma ni este ni el de La Barranquera ni el de Las Mil Palmeras o la Casa de la Condesa, y tampoco el de Pinocho. Pero el caso del parque urbano de San Juan es especial. Primero por ser el más grande e importante de todo el municipio.

Segundo por su ubicación, a escasos 100 metros de un casco histórico que se vende como uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad (de hecho en las proximidades de una de sus puertas aparcan las guaguas turísticas). Y tercero por su deriva con respecto a su diseño inicial.



Con más de 135.000 metros cuadrados, abrió sus puertas la noche del 26 de mayo de 1999, con una inauguración por todo lo alto y tras una inversión de más de 800 millones de las antiguas pesetas, unos 4,8 millones de euros.

Entonces podía presumir de todo un entramado de lagos, caminos para bicicletas, recoletas áreas ajardinadas y paseos y zonas de césped que invitaban a la ensoñación y al esparcimiento. También de unos equipamientos deportivos en condiciones (canchas, pistas de BMX, rocódromo, skatepark, bola canaria). Pero sin duda, sus mayores reclamos fueron el reloj-mirador y el gran auditorio, a la postre nominado en homenaje al internacional cantante teldense José Vélez; con capacidad para 10.000 almas y con una fuente cinética de 78 chorros que alcanzaban hasta 12 metros de altura y que ofrecían todo un espectáculo de luces y agua sincronizado al ritmo de la música.

Fueron, en pasado, porque ya no lo son. La mayoría de estos espacios están desmantelados o presentan un estado deplorable, tanto que en algunos casos han dejado de cumplir las funciones con las que fueron diseñados.

De entrada, a los visitantes que acceden a su interior por la puerta suroeste, lleva años recibiéndoles una pintada de una mano negra bajo la que se lee la consigna NO REPPSOL, y que no es más que una de las secuelas de las movilizaciones sociales que surgieron a raíz de las prospecciones petrolíferas en aguas Canarias, cuando aún era ministro el luego denostado José Manuel Soria, hace más o menos cuatro años. Pero ni mucho menos es el único grafiti que adorna el parque de San Juan, lo que deja en evidencia la vigilancia a la que está sometido.

A medida que uno se va adentrado en el recinto comienza a descubrir otros muchos desperfectos. Desde el reloj-mirador, hoy cerrado, prácticamente reducido a un foco de basura y que hace años que no da la hora; a unas canchas deportivas por las que asoman unas grietas de varios centímetros que desaconsejan la práctica de cualquier actividad, más si cabe de noche, cuando la iluminación deja mucho que desear.

Los lagos, por los que hace bastante tiempo que no fluye una sola gota de agua, tan solo basura; espacios verdes que adolecen de una evidente falta de cuidados, paseos y bulevares también salpicados por hendiduras o levantadas por las raíces de los árboles, en los que uno puede tropezar al mínimo descuido; muros desnudos en los que faltan losetas o un skatepark remozado recientemente pero pintado con un material resbaladizo y que con la incidencia del sol no ofrece un adecuado contraste, lo que propicia las caídas, son solo algunas de las muestras de la desidia y el olvido municipal con este recinto.

Un capítulo aparte merece el auditorio. Cerrado a cal y canto y cubierto con mallas y restos de decorados del Carnaval, que tan solo se abre para algún concierto o acto festivo cuando las inclemencias meteorológicas no lo impiden. Y en el que ya no queda rastro de la fuente luminosa.

Y para disgusto de los usuarios, parece que esta situación de abandono y deterioro no tiene solución de continuidad. La última y única reforma de consideración que se recuerda en el parque fue en 2015. Entonces se invirtieron 300.000 euros y estuvo clausurado durante dos meses para sustituir el sistema de riego y arreglar algunas zonas. Un remiendo que, a todas luces está, fue insuficiente para paliar todos estos años de desatención.

Por lo pronto no hay ningún proyecto pensado para devolver el esplendor al recinto. La lluvia de dinero del FDCAN (Fondo de Desarrollo de Canarias) o del Plan de Cooperación del Cabildo no ha sonreído al parque de San Juan. La única esperanza pasa por una revisión del contrato con FCC, adjudicataria del servicio de Parques y Jardines, que el Gobierno local anunció casi a principios del mandato y de la que poco o nada se sabe todavía.

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