sábado, 3 de febrero de 2018

Manón Marichal, príncipe del humor

Le admiramos por su innegable capacidad para combinar el rigor y la fidelidad en el cumplimiento de su trabajo con la generosa disponibilidad a dejar en el aire la mejor sonrisa. Manón Marichal es un espíritu libre e inquieto. Ha sido así siempre; lo saben sus compañeros de clase en el Quisisana, los que compartieron risas y bailes al son de la música en el Círculo de Amistad, cuando lideró la sección juvenil en la sede de la plaza del Príncipe, en unos Carnavales que le llevaron a irrumpir en la calle con una pibada numerosa pasando de mano en mano el balón de rugby o en las filas de Singuangos, pugnando por dar contenido humorístico a cada lance de edición a edición, o convertido en Floro en las ondas de noches carnavalearas junto a Fabri Díaz, Pilar Socorro, Juan Luis Calero ….

Manón dejó un día la camilla y el saludo a los pacientes con los que convivía junto a la Rambla y entró con el caudal de experiencia en el ente organizador del Carnaval. Reúne méritos para afrontar cualquier cometido y de su manga creativa surgió el Festival de la Canción de la Risa, que acaba de cubrir su XIII edición en el Guimerá.

Este chicharrero, de incondicional talante liberal, sabe que el camino tiene llanuras y pendientes, que no son pocas las curvas y baches que salen a cada paso. Pese a ello no ha cesado en el empeño de seguir año tras año, alentando a una familia de carnavaleros vinculados muchos con las murgas, que derrochan imaginación y no reparan en esfuerzos.



El pasado jueves, Manón dejó entre el público a Domingo, moribundo o finado, y se dispuso a vivir la alegre improvisación, el espectáculo ajeno a guion. Tiene el espíritu abierto al dialogo, a interactuar con un público que es familia y le entiende, pues se encuentra en sintonía con sus humoradas, con sus ocurrencias de ágil humorista. Peluca, camisón y labios pintorreados le aproximaban a Linda Blair en su exorcismo particular, que extendió ante un público que llenó el teatro luciendo gorritos piráticos y junto a un jurado atento a la invitación recibida.

Las Gediondas se hicieron kelllys, y derrocharon imaginación, con pulcro sentido musical; le siguieron Los Dibujos Animados, que llevaron en andas a Genaro, el Gafe, con originalidad, virtud que no le faltó a La Familia Monster y su congregación religiosa, que dio lectura a salmos dispuestos en cuidada ambientación. Con Los Legías el espectáculo creció; lo hicieron cazando fantasmas entre torres, con equipos dotados de flis, marca blanca. Bajaron del pedestal a una pléyade de personajes. Kiko Castro, cual Carmen Porter, se dispuso a salir en busca de Iker, percibiendo la energía de un ultramilenio, y supo demostrar sus sólidas dotes actorales en el desarrollo de un guion más que acertado, que el grupo supo desarrollar a la perfección.

Con igual agilidad se desenvolvió No tengo el Chichi pa’ Farolillos, que conduce Víctor Manuel Mesa, situándonos ante un salón de belleza, el de Máximo Tuto y ayudantes, entre ellos unas chinas que usan guata para arreglar uñas y una clienta que canta enganchada al Hola con dotes de Rocío Jurado. La despedida situó el listón del afecto en lo más alto con el recuerdo a Juan Manuel Pérez
-Tuto- y a Berto Marichal, excelentes carnavaleros vinculados a la gran familia de la Risa, que han emprendido el camino hacia lo intangible y se han granjeado un recuerdo inolvidable entre muchos amigos del universo carnavalero.

El momento final llegó con más risas, critica acertada y muy buena música. Atracó con El Valbanera, con sus camareros y jefe de personal, José Antonio González, el Flaco. El bar del barco de la emigración lo ocupó Ovidio y Pachi junto a otros invitados, que siguieron la onda de la interactuación con el público. El aplauso invitó a corear la música puestos en pie ante la novedosa aportación, en la que, junto a brindis y menú, entrelazaron critica desenfadada y de actualidad, con letras de agudo ingenio, como la dedicada a las microalgas, las playas, el mamotreto, el balneario y otros asuntos de alta significación, tema que no tiene desperdicio y merece ser escuchado en todas las esquinas.

Manón Marichal tuvo entre sus manos el veredicto del jurado, el endiablado enredo de papeles que requirió para su traducción de la ayuda que le prestó Carmen Dolores, Dámaso Arteaga y Gladis de León. Junto a ellos, entre risas y complicidad con el público, pudo dar el resultado, del que nos hicimos eco en la edición de ayer.

Diario de AvisosZenaido Hernández

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