jueves, 8 de febrero de 2018

La Gala sí gustó

A la Gala de Elección de la Reina hay que exigirle que cumpla tres requisitos fundamentales: que participen y se valore a los grupos; que se sientan protagonistas las candidatas (sobre todo la Reina); y que la ceremonia sea dinámica, alegre y divertida. O lo que es lo mismo, que la Gala sea Carnaval. Como en todo arte, si luego el espectáculo también emociona, el resultado es cum laude. Ayer, el plan propuesto no llegó a tal nivel de excelencia pero sí rozó el notable.

En este sentido Enrique Camacho –director por tercera vez– se superó a sí mismo y dejó buen sabor de boca con un espectáculo ágil, que tuvo sus puntos álgidos en la actuación de Olga Tañón y en el propio desfile de reinas. Mención especial merece la puertorriqueña. Porque la actuación no fueron simplemente tres o cinco minutos de canción; se vieron implicación, ganas de pasarlo bien, interacción con los grupos, conexión con la grada y mucho Carnaval, que era lo importante.

Antes, asistimos a una obertura que no respondió a los cánones habituales. Fue una sorpresa casi mágica. Menos multitudinaria, sí, pero con mayor carga emotiva (y con más fantasía) que en años pretéritos. Sobre todo por el detalle de dar vida a la Reina del año pasado –con traje incluido– y por el acierto de hacerla aparecer en lo alto del escenario cuando nadie se lo esperaba. El primer estruendoso aplauso fue para ella, pues tuvo en la Gala la relevancia que se merecía.



Camacho tuvo que restringir sus propósitos a las dimensiones del escenario del Recinto. Pero en noches como la de ayer se agradece una Gala indoor, ajena a los trasiegos y el desbarajuste que han vivido las murgas del Norte o las de Gran Canaria, sin ir más lejos. La jugada le salió redonda a la organización. Con la suspensión de la tercera fase del concurso de Las Palmas, la Gala de la Reina se vio en toda Canarias (sin que la televisión autonómica tuviera que partir su señal en dos) y, con la noche de perros que hacía, seguro que la audiencia fue de aúpa.

Recuerdo escribir en estas mismas líneas en 2016 y 2017 que en la cantera tinerfeña de periodistas había mucho talento como para recurrir a extrañas y extravagantes apuestas foráneas. Y desde el día que se confirmó su presencia me agradó mucho la elección de Laura Afonso, carnavalera de pro, que había aunado méritos (de sobra) para ser de las escogidas. No es que cumpliera; es que además se le vio disfrutar. Lo mismo que a Eloísa González, mujer ideal por su desparpajo (ejemplo de canariedad a cada palabra, en cada sílaba) para este tipo de eventos; y Berta Collado, que se adaptó a la perfección al engranaje de la Gala. ¿Abubukaka? Era un riesgo apostar por ellos, pero también esta elección salió bien. Por las risas del público, queda la impresión de que salieron bien parados.

Seguramente que para Camacho lo más difícil –aparte de adaptarse a las estrecheces del Recinto– fuera incrustar todo lo que la Gala debe incluir por decreto, sí o sí. Porque intuyo que nadie a estas alturas se atrevería a descolgar a ningún grupo ilustre. Por descafeinado que esté. Lo contrario que Los Mamelucos, que ayer otra vez cantaron... de bandera. El gran socavón: los momentos de espesor tras despedirse el jurado (¿en serio hacía falta una entrevista a Xerach Casanova?), ahí cuando el ritmo del evento dejó de ser vertiginoso.

La velada recuperó el pulso con el número de las murgas intercambiándose sus pasacalles, momento muy logrado y original. Por la forma en que se ejecutó, por la cercanía al público –que se sintió partícipe del carrusel de canciones– y por la presentación fascinante de los tres niños (¡genios!) que subieron a las tarimas.

Comoquiera que en una ceremonia así la protagonista principal ha de ser la Reina, no es un asunto menor que la coronación se hiciera con toda la pompa. Con todas en el escenario y el propósito inequívoco de dar lustre a la nueva Reina. O sea, con la solemnidad que el momento requería. Para años venideros queda sin resolver el eterno debate: si la Gala debe avanzar (innovar) o quedarse en lo que fue ayer, que no estuvo nada mal sino todo lo contrario. Pero para culminar apuestas más arriesgadas habría que moverse del Recinto y abandonar sus comodidades (y también la cubierta que anoche nos resguardó de la lluvia).

Si el Carnaval que en la calle arranca mañana es el de la Fantasía y la Gala de la Reina tuvo duende, es que el trabajo ímprobo ofreció un resultado eficiente. Sin alardes, el espectáculo sí gustó. Enhorabuena.


La Opinión de TenerifeManoj Daswani

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