jueves, 19 de mayo de 2011

Casa del Miedo y de los pitos

La vivienda en donde ensaya la murga Los Mamelucos reúne casi 300 años de recuerdos y leyendas que despiertan curiosidad y temor entre los chicharreros.


"Solo se puede resucitar humanamente en la memoria". Con esta contundente afirmación comienza su narración Enrique Rumeu Palazuelos. Autor de la obra Felipe Verdugo Bartlett y su familia, en donde explica las memorias, penas y alegrías de una de las estirpes mas importantes de la historia de Santa Cruz de Tenerife.

A Rumeu Palazuelos no le falta razón en sus declaraciones ya que Manuel Verdugo Bartlett aún pervive en la memoria del pueblo chicharrero, que no se ha olvidado de las peripecias de este residente de la conocida como Casa del Miedo. Casi al principio de la calle de La Noria se alza esta singular vivienda cuyas historias y leyendas se han transmitido en Santa Cruz de generación en generación.
¿Y por qué se llama la casa del miedo?, se preguntan muchos transeúntes al ver su nombre escrito en una cartela en la fachada. Según explica Palazuelos en su libro, todo se debe a las travesuras de Manuel Verdugo, hermano menor de Felipe Verdugo, quien residió en la casa desde finales de 1800.

Manuel Verdugo, a la vuelta de sus paseos nocturnos, colocaba en el redondo ventanal situado a ras del suelo entre las dos puertas una calavera con cirios a los lados que asustaba a los niños que andaban jugando por la zona. La tradición oral cuenta que esto lo hacía para ahuyentar a los pequeños y que dejaran de incordiarlo, pero esto último no se ha podido comprobar.

El imponente pórtico de la fachada y los redondos ventanales que la decoran despiertan en el paseante la curiosidad de descubrir qué se esconde tras el portón de madera. No hay timbres ni porteros, pero sí un sonoro aldabón. Tras tres golpes sobre la desgastada madera la puerta se abre dejando a la vista un luminoso patio desde el que se puede apreciar la inmensidad de la casa. Un total de 27 habitaciones por descubrir y un sin fin de pasillos, escaleras y escalinatas que dificultan la orientación al visitante. Aunque esto no es ningún problema para Alexis Yarena o, como lo conocen el resto de los integrantes de la murga Los Mamelucos, el cuidador de la casa.

Yarena podría recorrerla a oscuras y no tropezar con ninguno de sus muebles o de sus miles de escalones. Conoce al dedillo cada baldosa y esquina de la Casa del Miedo y a pesar del nombre afirma no haber sentido miedo alguno entre sus paredes. "Me he quedado muchísimas veces en este lugar y nunca he sentido pánico", comenta. Sin embargo, su compañero Fernando Galván reconoce que ha intentado pernoctar en la vivienda en dos ocasiones y las dos veces ha tenido "que salir por patas".

Mamelucos

La murga Los Mamelucos se siente muy afortunada de poder crear, cantar y ensayar sus temas carnavaleros en esta vivienda con tantas historias a sus espaldas. Llevan desde 1984 acudiendo casi a diario para preparar las canciones y esperan que sea por muchos años más. "Este lugar llama a la creación artística", indica Germán Vega, fundador de la murga.

Lo cierto es que a Germán no le falta razón porque de alguna forma u otra la vivienda siempre ha estado ligada a las artes. La familia Verdugo además de caracterizarse por su aportación a la vida militar también destacó en la tarea artística.

El heredero de la hacienda Federico Verdugo era un excelente pintor y sus hermanos volcaron su vena artística en la pluma. Manuel Verdugo abandonó sus actividades militares para dedicarse de lleno a la vida literaria y verso a verso cosechó una vasta obra poética que consiguió emocionar a todos los canarios y, como no, a la escritora María Rosa Alonso quien publicó un libro entero con la poesía de Verdugo. De hecho, según explica el historiador y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, Luis Cola, en la calle de La Noria, se organizó a principios del XX la primera tertulia literaria de la que hay conocimiento documentado.

Militares, médicos, escritores y pintores han residido en esta enigmática casa para dejar lugar en pleno siglo XX a los grupos del carnaval santacrucero y, entre ellos, a la murga Los Mamelucos.

"Cuando llegamos aquí la casa se estaba cayendo, esto parecía una cueva, carecía de instalación eléctrica y faltaban algunos techos", explica Yarena. Al tiempo, añade que "es increíble verla ahora así y poder disfrutar de ella". Alexis Yarena habla de la casa lleno de cariño y en ocasiones parece que habla de la vivienda como si fuera una mujer a la que quiere muchísimo.
Tras incontables obras de reparación por parte de los murgueros y otras obras de rehabilitación por parte del Plan Urban que llegó en 1996 se pudo acondicionar la casa para que los integrantes de la murga ensayaran sin miedo a que los techos se les cayeran encima.
Uno de los descubrimientos que sorprendieron a Los Mamelucos fue un profundo pozo que se escondía bajo una baldosa de forma disimulada en el patio principal. Aún contiene agua y Fernando Galván apunta que "cuando llueve mucho el nivel del agua sube". Pero el pozo no es la única sorpresa que guarda la casa. También en el patio central y bajo el subsuelo aún se conserva intacta una pequeña y fría habitación revestida de piedra que, según explica Yarena, "se usó por los cambulloneros para esconder aquí abajo la mercancía y luego traficar con ella". "Estos dos escondites los descubrimos con las obras del Plan Urban al levantar el piso nuevo para rescatar el antiguo".
Una elegante escalera dirige a los visitantes hasta la planta superior. Pasillos y numerosas habitaciones esperan por ser exploradas. Comienza la expedición por la vivienda. Ante la vista surgen los restos de lo que fue una cocina ahora convertida en un especie de salón que alberga material de la murga. "Aquí era donde cocinaba a oscuras Doña Cloti", indica Galván.

Cloti y su esposo Pepe eran los inquilinos que se encontró la murga cuando llegaron a la casa. "Vivían en el piso de arriba pero en unas condiciones complicadas, sin luz y sin agua", destaca Yarena.

"Aún recuerdo como siendo un niño estas personas me parecían un tanto raras y hasta me provocaban una cierta inquietud", añade Galván. Fueron muchos los días en los que Yarena les ayudó a poner una bombilla o algún foco con el que iluminar la cocina. "No entiendo como podía preparar la comida sin luz y a la intemperie".

Tras pasar por más de una decena de habitaciones y escondrijos Yarena abre las puertas de una de las habitaciones de las que se siente más orgulloso: el cuarto de la leonera. A pesar del nombre con el que lo han bautizado los miembros de la murga, la habitación es una de las más pequeñas pero a la vez de las más ordenadas.

Todo está clasificado y etiquetado en este habitáculo. Las pelucas, guantes y demás complementos en la parte izquierda, las 31 fantasías en la parte baja y, en la de arriba, un montón de recuerdos de la larga vida de la murga. "Yarena lo encuentra todo aquí, pídele lo que quieras que seguro que lo hay", comenta Galván al tiempo que cierra la puerta. La murga ha encontrado a cada habitación una utilidad y cada una, aguarda una sorpresa. La cama de la Paca, una simpática sardina, carteles de otros años....

Dentro de un año la casa cumplirá tres siglos. Han transcurrido 3oo años de historias que aún resuenan en la ciudad y que siguen dando que hablar a los vecinos. Si allá por finales del siglo XIX se caracterizaba por ser un lugar lúgubre y temido por los niños, ahora hace que sean muchos los que se acerquen hasta esta casa atraídos por los pitos, por las trompetas y por las alocadas letras entonadas por los mamelucos. Quizá le cambien el nombre por el de la casa del miedo y de la risa.


LA OPINIÓN DE TENERIFE